domingo, 11 de febrero de 2007

Elástico

Vuelvo a escuchar que son tiempos difíciles. La crisis del pensamiento crítico (¿es eso posible?). Quizá ella, la maldita crisis, sea la que me haga sentir incómodo en casi todos los sitios. Si hacía tiempo que me había salido del eje, ahora me siento fuera del plano. La crisis del pensamiento crítico. La crisis del pensamiento crítico viene a justificar cualquier acción en su defensa, como cuando en el hundimiento del barco cualquier objeto, por peculiar que fuera su utilidad de ordinario, sirviera para mantenerse a flote. Habría que preguntarse si el barco de verdad se hunde, o quién dio la voz de alarma para tirarse por la borda. Lo cierto es que no queda nadie arriba y tampoco se ve ninguna otra embarcación en las cercanías. En el agua, todos luchan por mantener su trozo de madera a flote, aunque para ello tengan que hundir al otro. Me veo nadando a contracorriente, pensando que tenía clara la dirección. Pero miró hacia atrás y la escena me produce náuseas (a menudo ganas de bajar al fondo, plagado de tranquilidad). Y todos saben que en la izquierda, el que se mueve no sale en la foto. Del otro lado, la hipocresía, el bestialismo, la injusticia, el materialismo irracional, la jungla agitada por los elefantes... el panorama no es mucho mejor (cierto, sigo pensando que es bastante peor) y mucho más vomitivo.

Y así me siento como con una cuerda elástica atada a la espalda, y mientras huyo de lo que no me gustaba, me encuentro de bruces con algo peor que me hace retroceder. Pero vuelvo a pensar que no estoy en su lucha. No estoy en una lucha descerebrada, a ninguna parte. Les oigo alabar su revolución, les escucho criticar al sistema. Pero les veo, y su visión me recuerda a sitios en los que nunca querré estar. Sus palabras son a veces reconfortantes. Lógico, les sirven para crear su gran mentira, para vivir (luchando, me corregirían) sin preocuparse por las contradicciones que cada movimiento debe provocar. Y otros atados a la prudencia del error, quizá demasiado obsesionados por la inseguridad, por la duda; nos bajamos hace tiempo de su barco, poco a poco, sin ruido, cuando ya habían empezado las hostilidades abajo en el agua.


Quizá deberíamos volver al barco (con el ruido entre tablas, ¿quién iba a enterarse?) y comprobar si eran justificados esos gritos de emergencia. Y volver a ponerle rumbo a donde nunca fue. Quizá.

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