miércoles, 12 de diciembre de 2007

Felicidad dicen...

Los que me conocen saben que me gusta disfrutar de las pequeñas cosas de la vida. Un pedo con Alfredo, una sonrisa del fantasma, un paquete de MisterCorn un domingo por la tarde pateando sin rumbo Madrid. Correr por el camino justo antes de que se ponga a llover, continuar mientras llueve. Un gol, un pase, un entradón. Música en directo, los altavoces de casa a toda ostia. Pisar el acelerador. Las grandes escenas. Recibir un mensaje.

No os engañeís. La felicidad no existe. Nadie es feliz. Si dice que lo es, miente. Si cree que lo es, se miente a sí mismo. Vivimos en un mundo demasiado complejo para ello. En cierta manera, la felicidad es como dios (Dios, que dice el Corte Inglés que ya estamos en navidad). Un invento para cubrir incertidumbres, miedos, malestares. A medida que se complejiza la sociedad, no sólo no rellenamos estos huecos, sino que estamos mucho menos seguros de todo. Hemos renunciado a dios. Ahora nos conformamos con ser felices.

Yo no quiero ser feliz. No aspiro a ello. Ni siquiera quiero ser. No podemos cambiar la esencia de las cosas sin cambiar la cosa misma. Y como me reconozco ególatra, me gusta lo que soy. Pero cuando me encuentro ante uno de esos pequeños momentos, me dejo llevar. Me siento casi levitando y se me olvida esa estúpida idea de que hay que llegar lejos, conseguir cosas, mejorar. Ser feliz. Se me olvida todo eso y simplemente disfruto. Quizá algún día, cerquita del hoyo, recuerde muchos de estos momentos y, que contradicción, crea que he sido feliz. Seguramente no lo haga, pero que me quiten lo bailao.


Anoche le eché una mano a mi roomie con el equipo de DJ. Tocaba en un evento y mi labor era básicamente cargar y descargar todo. Durante la fiesta, mis obligaciones se ceñían a guardar la compostura -lo cual a veces no resulta tan sencillo-. Mis derechos, bebida y comida, pequeños placeres de la vida. La cuestión es que el sitio era el Yamashiro, japo que está al comienzo de las colinas, con unas cristaleras gigantes desde donde se ve toda la ciudad. Con un seven seven en la mano, me pude sentir como Ed Norton al final de Fight Club. Y dejarme disfrutar.

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