lunes, 26 de noviembre de 2007

Te Quiero México (y a ti también fantasma)

Cuatro días y cuatro noches amigos. Pero como dijo la otra, "una bola de emociones". México era lo que pensaba de Mexico -quizá todo está en la predisposición-. Los que me conocen saben que casi al poco de empezar, ya estaba cansado de un tipo de turismo masivo, ese turismo de postal, de veni vidi vici, pa arriba pa abajo, fotos sin sentido. Desde aquel día infinito en Granada, lucha a contracorriente contra mis propias ansias de conocer sitios nuevos. En definitiva, hay ya dos tipos de viajes que me siguen fascinando: el turismo de amigos y el turismo de esencia. Del primero, afortunadamente hay miles de destinos; del segundo, creo que aún quedan unos pocos destinos por descubrir. Cuando se juntan ambos, el resultado no puede ser otro que irrepetible.


He disfrutado con sus ruinas, sus calles, su comida, su vaso de tubo, sus colores, su forma de entender la vida, sus precios. Es indudable que el país contiene algo de una espiritualidad, mezcla de las creencias indígenas, el arraigo católico y la influencia de los gringos.


La sencillez de la comida, el gusto por la fruta, los aromas, y todo en una macrociudad que puede enmascararse por momentos en una gran urbe moderna. Nada más lejos de la realidad; la ciudad no puede engañar a su pasado de monumento de sí misma, recordándose imponente en el centro del lago Texcoco.


Y nada se puede escapar. Ni las construcciones coloniales, ni sus rascacielos son ajenos al esencial espíritu que atraviesa la capital. Ojalá haya una mejor oportunidad para que el interior del país corroboré estas sensaciones intensas, duras, fugaces.


Y finalmente, la noche, la música, las luces -siempre pocas, pero siempre demasiadas-. El mariachi loco quiere bailar.

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